domingo, 19 de agosto de 2012

Egresados de Lengua 2011



I.N.T. “Padre Dante D. Celli” -  Las Palmas – Chaco – R. Argentina
Prof.  Profesorado en Lengua para el Tercer Ciclo la EGB y de la Educación Polimodal
Prof. Hector S. Sotelo



PALABRAS DE DESPEDIDA PARA LOS EGRESADOS DEL PROFESORADO EN LENGUA – 12 DE DICIEMBRE DE 2011- 20,30.

            La instancia de finalizar una etapa implica en la mayoría de los casos una reflexión de lo transcurrido, una búsqueda de un denominador común de los acontecimientos que favorecieron la llegada a la meta. Y por otra parte los componentes extraordinarios que también jugaron un papel a favor o en contra de ese objetivo. En primer lugar les agradezco la singular consideración que tuvieron al elegirme para decir estas palabras. Fueron largos años de trabajo en conjunto para arribar a este momento. Investigación, estudio, parciales y finales, algunos con resultados agradables y otros no tantos, algunos con resultados sorpresivamente agradables o sorpresivamente desagradables. La búsqueda de explicaciones y las resignaciones por haber entendido lo que pasó o por no haber entendido nunca, las lágrimas y las alegrías, la bronca y la desazón por tener que recursar y la imponderable felicidad de haber aprobado esa materia que tantos desvelos costó.
            La formación en lengua y literatura implica un constante trabajo de interacción con los componentes de la lengua, con las palabras, los textos. Un largo proceso necesario para compenetrarse con el accionar de la misma intelectual y volitivamente en los contenidos de tal manera  que se encuentre compenetrado en las diversas disciplinas:   los instrumentos y los contenidos a enseñar o sea todo lo relacionado con lo didáctico pedagógico y la lengua y la literatura.
            Pero a nuestra época se le agregó un nuevo elemento a todo esto que no puede ser descuidado por la manera en que se introdujo en todos los ámbitos y que son las nuevas tecnologías. Una herramienta fundamentalmente de nuestro tiempo que no entra en colisión con lo anterior.
            Los tres componentes en una interrelación armónica que el profesor sabrá dosificar adecuadamente en los distintos momentos de la acción didáctica.
            Pero vayamos a la necesidad de pensar constantemente la acciones para volver a ella después de reflexionar y viceversa. La lengua es el pensamiento que se hace visible y necesita estar cargado de contundencia para llegar hasta el interlocutor con significado y valor. La manera de decir implica una aceptación de los códigos sociales que atenúan o exaltan la importancia de los sentidos. La importancia de usar la lengua adecuadamente para facilitar la interacción lo más acertadamente posible. La incalculable flexibilidad de la misma para acertar con el concepto preciso en el momento conveniente.
            Por lo tanto como profesores estamos en posesión de un valor considerable de posibilidades que deben traducirse en la constante custodia de la abundante riqueza de la lengua, de una tradición milenaria, sobre todo si tenemos en cuenta los antecedentes inmediatos de la misma. Trabajar con la lengua y reflexionar con los estudiantes sobre estas cuestiones contribuye de una manera eficaz a producir una mayor y mejor comunicación entre los seres humanos.
            La invalorable capacidad de la literatura para avivar la imaginación y provocar nuevos mundos desde la misma, debe permanecer como compañera de nuestra labor, de una forma permanente
            El conocimiento que tengamos de la lengua será sin dudas una manera de acercarnos o alejarnos de nuestra labor como docentes. Pues a mayor conocimiento mayores posibilidades de manipularla si la pensamos, por un momento, como instrumento de comunicación por ejemplo. La palabra es la identidad asumida desde lo personal y social.
            Los años de formación son una introducción de todo lo que tiene que ver con nuestras áreas de conocimiento. El perfeccionamiento posterior didáctico y autodidáctico constante será como dice Peirce el índice que nos muestre delante de la sociedad en general y los estudiantes en particular como docentes que dan respuesta a los problemas educativos desde la lectura de la realidad misma y ampliará constantemente nuestros conocimientos, servirá para reformular nuestras prácticas y algo más que importante, seguirá ampliando nuestro horizonte y lo seguirá superando, pues como dice Gadamer:
            “El que no tiene horizontes es un hombre que no ve suficiente y que en consecuencia supervalora lo que le cae más cerca. En cambio tener horizontes significa no estar limitado a lo más cercano sino poder ver por encima de ello. El que tiene horizontes puede valorar correctamente el significado de todas las cosas que caen dentro de ellos según los patrones de cerca y lejos, grande y pequeño.”
            Esta afirmación parece una verdad de Perogrullo sin embargo la falta de un horizonte puede equivaler a la falta de convicción científica en la concepción de nuestro espacio, o la falta de claridad conceptual en las distintas líneas que rigen el accionar didáctico pedagógico.
            El trabajo de todos estos años seguramente consolidó ampliamente estos aspectos y solo espera el largo camino de la vida de educador para superar y mirar más allá del propio horizonte recién adquirido en los años de formación. Pero seguramente el motor de todos los cambios pasa por el amor al prójimo, a nuestra profesión.
            Nos anima la inclaudicable necesidad de transformar el mundo y no solo de contemplarlo. De creer en el progreso de la humanidad y de un mundo cada vez mejor. La creencia en la concreción de los valores y los ideales como hicieron realidad este momento. Más allá de que esta profesión parece tomar cada vez más distancia en muchos casos de lo que se entiende por vocación, sin embargo no exime de la responsabilidad que este compromiso laboral implica y en el involucramiento moral de trabajar por la libertad de las personas.