I.N.T. “Padre Dante D. Celli” - Las Palmas – Chaco – R. Argentina
Prof. Profesorado en Lengua para el Tercer Ciclo la
EGB y de la Educación Polimodal
Prof. Hector S. Sotelo
PALABRAS DE DESPEDIDA PARA LOS EGRESADOS
DEL PROFESORADO EN LENGUA – 12 DE DICIEMBRE DE 2011- 20,30.
La instancia de finalizar una etapa
implica en la mayoría de los casos una reflexión de lo transcurrido, una
búsqueda de un denominador común de los acontecimientos que favorecieron la
llegada a la meta. Y por otra parte los componentes extraordinarios que también
jugaron un papel a favor o en contra de ese objetivo. En primer lugar les
agradezco la singular consideración que tuvieron al elegirme para decir estas
palabras. Fueron largos años de trabajo en conjunto para arribar a este
momento. Investigación, estudio, parciales y finales, algunos con resultados
agradables y otros no tantos, algunos con resultados sorpresivamente agradables
o sorpresivamente desagradables. La búsqueda de explicaciones y las
resignaciones por haber entendido lo que pasó o por no haber entendido nunca,
las lágrimas y las alegrías, la bronca y la desazón por tener que recursar y la
imponderable felicidad de haber aprobado esa materia que tantos desvelos costó.
La formación en lengua y literatura implica
un constante trabajo de interacción con los componentes de la lengua, con las
palabras, los textos. Un largo proceso necesario para compenetrarse con el
accionar de la misma intelectual y volitivamente en los contenidos de tal
manera que se encuentre compenetrado en
las diversas disciplinas: los
instrumentos y los contenidos a enseñar o sea todo lo relacionado con lo
didáctico pedagógico y la lengua y la literatura.
Pero a nuestra época se le agregó un
nuevo elemento a todo esto que no puede ser descuidado por la manera en que se
introdujo en todos los ámbitos y que son las nuevas tecnologías. Una
herramienta fundamentalmente de nuestro tiempo que no entra en colisión con lo
anterior.
Los tres componentes en una
interrelación armónica que el profesor sabrá dosificar adecuadamente en los
distintos momentos de la acción didáctica.
Pero vayamos a la necesidad de
pensar constantemente la acciones para volver a ella después de reflexionar y
viceversa. La lengua es el pensamiento que se hace visible y necesita estar
cargado de contundencia para llegar hasta el interlocutor con significado y
valor. La manera de decir implica una aceptación de los códigos sociales que
atenúan o exaltan la importancia de los sentidos. La importancia de usar la
lengua adecuadamente para facilitar la interacción lo más acertadamente
posible. La incalculable flexibilidad de la misma para acertar con el concepto
preciso en el momento conveniente.
Por lo tanto como profesores estamos
en posesión de un valor considerable de posibilidades que deben traducirse en
la constante custodia de la abundante riqueza de la lengua, de una tradición
milenaria, sobre todo si tenemos en cuenta los antecedentes inmediatos de la
misma. Trabajar con la lengua y reflexionar con los estudiantes sobre estas
cuestiones contribuye de una manera eficaz a producir una mayor y mejor
comunicación entre los seres humanos.
La invalorable capacidad de la
literatura para avivar la imaginación y provocar nuevos mundos desde la misma,
debe permanecer como compañera de nuestra labor, de una forma permanente
El conocimiento que tengamos de la
lengua será sin dudas una manera de acercarnos o alejarnos de nuestra labor
como docentes. Pues a mayor conocimiento mayores posibilidades de manipularla
si la pensamos, por un momento, como instrumento de comunicación por ejemplo.
La palabra es la identidad asumida desde lo personal y social.
Los años de formación son una
introducción de todo lo que tiene que ver con nuestras áreas de conocimiento.
El perfeccionamiento posterior didáctico y autodidáctico constante será como
dice Peirce el índice que nos muestre delante de la sociedad en general y los
estudiantes en particular como docentes que dan respuesta a los problemas
educativos desde la lectura de la realidad misma y ampliará constantemente
nuestros conocimientos, servirá para reformular nuestras prácticas y algo más
que importante, seguirá ampliando nuestro horizonte y lo seguirá superando,
pues como dice Gadamer:
“El que no tiene horizontes es un
hombre que no ve suficiente y que en consecuencia supervalora lo que le cae más
cerca. En cambio tener horizontes significa no estar limitado a lo más cercano
sino poder ver por encima de ello. El que tiene horizontes puede valorar
correctamente el significado de todas las cosas que caen dentro de ellos según
los patrones de cerca y lejos, grande y pequeño.”
Esta afirmación parece una verdad de
Perogrullo sin embargo la falta de un horizonte puede equivaler a la falta de
convicción científica en la concepción de nuestro espacio, o la falta de
claridad conceptual en las distintas líneas que rigen el accionar didáctico
pedagógico.
El trabajo de todos estos años seguramente
consolidó ampliamente estos aspectos y solo espera el largo camino de la vida
de educador para superar y mirar más allá del propio horizonte recién adquirido
en los años de formación. Pero seguramente el motor de todos los cambios pasa
por el amor al prójimo, a nuestra profesión.
Nos anima la inclaudicable necesidad
de transformar el mundo y no solo de contemplarlo. De creer en el progreso de
la humanidad y de un mundo cada vez mejor. La creencia en la concreción de los
valores y los ideales como hicieron realidad este momento. Más allá de que esta
profesión parece tomar cada vez más distancia en muchos casos de lo que se
entiende por vocación, sin embargo no exime de la responsabilidad que este
compromiso laboral implica y en el involucramiento moral de trabajar por la
libertad de las personas.
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