EL ADIÓS DE LA DESPEDIDA
Tantas
veces he tenido que decir adiós en la vida. Cuantas veces los hombres tuvieron
que decir adiós. Cuantas veces el tiempo te lleva a decir adiós. Ese adiós que
lleva en sí mismo incrustado el dolor, la tristeza y cuántas veces la
inevitable distancia; esa distancia que se ahonda cuando más amás a los que
dices adiós. Esa palabra tan corta, que encierra tanto en sí misma en lo que
ella significa. Cuántas veces se me hizo triste y amarga porque significa
despedida, distanciamiento, soledad de esos seres a los que dejas; soledad, a
veces con un tono dulce y triste; dulces porque afloran recuerdos hermosos que
vienen a la memoria en el momento posterior al adiós pero tristes por otra
parte porque parecería que queda una historia inconclusa y que podría
continuar. Qué remedio hay contra el adiós doloroso, qué antídoto lo puede
calmar. El reencuentro quizá. Pero ese reencuentro es una anestesia que después
de su efecto dejará surgir nuevamente, tal vez, el dolor del adiós.
Es el adiós no sólo de personas
queridas sino también de lugares, de situaciones. Ese adiós en el que parece
quedar una parte del ser, una parte del corazón, una parte de la intimidad más
íntima. Es la distancia que distancia. El tiempo, que muchas veces sana los desgarros
del adiós. Parece que los lugares, las personas después del adiós se quedan con
una parte del ser de uno. Por lo tanto parece que el reencuentro es también con
algo de uno mismo muy amado y que el otro cuida con tierno amor, aunque no sean
personas las que cuidan esa parte del ser que dejas, que dejas sin querer, como
una estela al paso del barco. Pero también en la despedida, en el adiós, llevas
el ser de otros, llevas una parte del ser de los otros. Entonces se deja pero
se lleva. Dices despedida y te quedas. Llevas algo en tu ser y dejas algo en el
ser, en el recuerdo de los demás. Quizá algo que con el tiempo se puede llegar
a esfumar de tu ser y tú del ser de los demás. El reencuentro con los otros
puede devolverte y viceversa, entonces
el reencuentro es alegría, es reencuentro contigo mismo en los otros, con los
otros en ti mismo. Pero ¿Cómo puede quedar tu ser en las cosas y en las
personas?. Ellos son una unidad. Pero está el recuerdo que es el grabador de
los hechos. Debe haber algo más. El corazón, que graba más fuerte que la
memoria. Es la memoria del corazón. Un corazón que graba los sentimientos
hermosos y tristes. Un corazón graba; la memoria, recuerda.
¿Cuántas veces más tendré que
despedirme? No lo sé, no lo quiero saber. Sigo siendo yo con todo mi ser, con
todo lo que tengo de hombre pero... y todos los rayos que partieron mi corazón,
que hicieron que quede algo en tantos lugares, en tantas personas ¿Cómo haré
para reencontrarme conmigo mismo en todos esos seres? ¿Cómo me uniré a mí mismo
nuevamente?, pero... no, está bien así, que algo tenga algo de mi y que
alguien, alguien quizá también tenga algo de mi ser, no lo sé. Tal vez haya
personas que cuidan de mi ser, sino donde fue a parar aquello que dejé. Aunque
el tiempo como cicatrizador de heridas reconstruye en mi esa parte de ser
perdida, una forma de decir. Es algo
interior, comprendido por uno mismo, en la propia existencia, en la profundidad
del ser. El adiós te revela eso.
Como no creer en el reencuentro
definitivo, donde no habrá más despedidas, donde será la reunión con los que
amas. Pero, ¿qué es lo que hace que aquí en la tierra lleves para siempre en ti
el ser de los otros? El amor. La dimensión tan profunda del hombre. Creo que
también es el amor lo que de alguna manera hace sufrir en las despedidas.
Porque amamos, sufrimos. Porque amamos nos alegramos del reencuentro, porque
nos amamos nos alegramos del reencuentro con nosotros mismos y con los otros.
Hay tantos adioses por sus
circunstancias y modos... pero hay un adiós que parece ser el más fuerte. Es el
que tiene que ver con el que damos a la vida en la muerte. No sabemos cuanto
tiempo quedaremos en las personas o en las cosas que sólo dirán algo a otros ya
que nosotros somos el motivo de que quedemos en ellas. No lo sabemos. Pero al
despedirnos de esta vida, viene el pleno reencuentro con mi ser en plenitud
porque el encuentro es con el Ser al que no le falta nada, ¿por qué tener
miedo? si el morir no es perdernos en la nada, es el encuentro con el Ser en
plenitud.
La
Escondida, mayo de 1992 y 2012.
Tengo este escrito desde el año 1992. Ahora en 2012, le hice unos pequeñísimos cambios.
ResponderEliminarPerdón por entrometerme en su blog profe, vi la publicación en el Facebook y quise mirar lo que escribió. Muy bueno por cierto. Alberto Ferreira
ResponderEliminarPero no tenés que disculparte. Me parece bien que hayas entrado, iba a ir pasándolo a mis contactos, dónde también estas vos.
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